martes, 26 de febrero de 2008

El secreto de la primera frase


Es bien sabido, que la primera frase de un relato o de una novela… es decisiva. Todo el mundo sabe de la importancia de esas primeras palabras. Con ellas hay que atrapar al lector y no dejarle escapar hasta la última línea. Es necesario encontrar la tela de araña, en la que dejar prendido a ese espectador imaginario, para quien narramos nuestras ficciones. Ir tirando de ese hilo hasta deshacer el tejido y con ello desnudar a aquel que ha quedado hipnotizado por nuestras primeras palabras.
Sobre cada escritor recae la responsabilidad de encontrarlas. Pero es una paradoja, pues todos los manuales de ayuda a principiantes informan, no sé bien con que fin, tal vez, intentando no desalentar al que comienza, de que habitualmente, esa primera frase que sirve de puerta al cuento, ese primer hilo que arrastra al resto, es desechado en la primera corrección. Tal vez, pensándolo así uno se siente menos presionado. Bueno, eso cree, porque realmente es falso, uno escribe la primera frase que se le viene a la cabeza, y entonces se detiene y piensa en la continuación, y en esa angustiosa espera, busca la segunda frase, la definitiva. Y ahí comienza la verdadera tensión.
Fue así, en medio de una tormenta de ansiedad, de inmensas olas eléctricas y de un deficiente talento narrativo, que decidí buscar y encontrar como fuera, las verdaderas primeras frases de los relatos más importantes de la literatura de todos los tiempos.
Sabía, que no resultaría una tarea sencilla. Evidentemente, esas primeras frases desechadas, probablemente ridiculizaban hasta tal punto a sus autores que estos, por el afán de salvaguardar sus imágenes públicas, las habrían escondido en lo más recóndito del planeta. Pero tanto ellos como yo, sabíamos, que esas primeras frases de algún modo tenían algo de mágico. No eran palabras unidas al azar, sino verdaderos secretos gramaticales. Llaves al mundo de la imaginación. Había leído sobre aquello en un ensayo escrito por Fión de Calesso, el magnífico, Fión de Calesso. También yo, como muchos de sus coetáneos, había pensado que aquello no era más que una patraña. Tonterías escritas por un anciano que había perdido la cabeza. La leyenda hablaba de un decálogo de frases mágicas, que escritas siguiendo los pasos de un misterioso ritual lo llevanban a uno a abrir el inmenso mundo de la imaginación. Intenté borrar de mi mente aquella estúpida idea.
Me giré y pude ver a mis espaldas la inmensidad de la biblioteca. Libros y libros que durante años entretuvieron mis ojos, distrajeron mi mente y llenaron mi corazón de falsas esperanzas, de sueños que se rompían en pedazos, cada vez que me ponía frente a la pantalla del ordenador.
Miré la primera fila de libros, no estaban ordenados alfabéticamente, en ellos imperaba el desorden intelectual. Recorrí la estantería con ferocidad: Guy de Maupassant, Chesterton, Stevenson, Stefan Zweig, Sandor Marai, Cortázar, Borges... Allí estaba, un libro fino como el dedo meñique, ligero, blanquecino: “Los juegos fantásticos” por Fión de Calesso. Permanecí aún un rato sentado, observándolo de lejos. No queriendo caer en su trampa, en su red.
Faltaban unas horas para que anocheciera. Me puse el abrigo, cogí mi bufanda y salí a caminar. Recordé a Walser, su paseo y tuve miedo. Sentía que la sin razón me poseía. Deambulaba como un muerto en busca de vida. Y mi cabeza no dejaba de gritarme: juegos mágicos, juegos mágicos, juegos mágicos…
Vi, oí, sentí, olí y nada calmó mi angustia. Regresé a toda prisa a casa, entré y dejé caer mi abrigo al suelo. Lancé la bufanda al sillón de lectura, que me miraba desafiante, con sus orejas y su mullido asiento. Resbaló y fue a parar a la alfombra persa. Tomé aquel libro que parecía un panfleto y lo leí ávidamente, buscando la primera pista. Antes de llegar al final caí en un sueño. Muchos pensaran que quiero decir que me quedé dormido pero no fue así. Girando sobre mi mismo, como una peonza, mi sillón de orejas y yo caímos al centro de un sueño. Estaba más despierto que nunca. Asustado, pero muy despierto. El sueño comenzaba así: “Un espléndido día de junio del año 455, justo cuando, en la hora tercia, en el circo Máximo de Roma había terminado el sangriento combate de dos gigantescos hérulos contra una piara de jabalíes hircanos, una creciente agitación se apoderó gradualmente de los miles de espectadores.” Dios mío, me encontraba ante la primera frase, perdón quise decir la segunda frase, de “El candelabro enterrado” de Stefan Zweig. Ante mí, se alzaba una pantalla que recogía infinitas segundas frases, aunque aparecieran como la primera en los libros, todas ellas pertenecientes a aquellos admirados escritores que me quitaron más de una vez el sueño. “Durante su residencia en Londres, el eminente príncipe Florizel de Bohemia se ganó el afecto de todas las clases gracias a la seducción de sus modales y a una generosidad bien entendida”, Stevenson “No sé si contaros mis sueños.” Marías, “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen” García Márquez.
Abrí los ojos tanto como pude y allí a un lado, como custodiando la pantalla, estaba el anciano, Fión de Calesso. Me miraba desafiante, dispuesto a vapulear mi desconcierto. Su apariencia afable nada tenía que ver con su genio. En la solapa de su libro no se hacía mención del humor agrio que le caracterizaba. Tal vez, por aquel entonces era un hombre distinto. Sabía bien que hacía yo allí. Por eso no lo pregunto. No era el primero, ni el último, ambos lo sabíamos. Sin embargo, si era uno de los elegidos. No todos los que deseaban escribir llegaban allí. Pero al igual que supe, con certeza, que estaba ante la oportunidad de mi vida, también supe que aquel hombrecillo, de no más de un metro cuarenta centímetros, no me lo iba a poner fácil. Nos miramos fijamente sin decir palabra. Yo aterrorizado. Él imagino que preparando su estrategia de ataque.
Cientos de preguntas se agolparon en mi cerebro. ¿Podría leer mi mente? ¿Tendría que superar alguna prueba para conocer el ansiado secreto? ¿Era todo aquello real o me había vuelto loco?
Lo cierto, es que no podía resistir sus pequeños ojos oscuros escudriñándome como si yo no fuera más que un extraño insecto, tal vez una nueva especie a descubrir. Pero pronto, decidió romper el silencio. Su voz era como el canto de las sirenas, me hipnotizaba como aquellas embelesaban a los marineros.
- Y bien, jovencito.
Y calló de nuevo. Dios, si el folio en blanco provoca pavor aquella situación aterrorizaba. Si contestaba con un: ¿Y bien, qué? Podía estropearlo todo. ¿Quién me aseguraba que de una patada no me devolvería a mi lugar de origen?. A mi vida mediocre, llena de sueños inconclusos. Pensé antes de decir nada, reflexioné y tarde tanto, que mi tempo lento le provoco y dijo enfadado:
- Y bien, jovencito.
Socorro - me dije. Quiero despertar. No me importa perder la oportunidad de mi vida. Al fin y al cabo nadie sabrá que lo he hecho. Quiero salir de aquí cuanto antes.
Estaba paralizado por el pánico. Todo yo temblaba, como una hoja que cae del árbol a la deriva, en otoño. Quiero salir corriendo, quiero huir – me dije-necesito hacerlo.
Y de repente, aparecí tirado en el suelo de mi biblioteca, en la alfombra persa, junto a mi bufanda y sobre aquel libro: “Juegos mágicos”. Me levanté y salí disparado. El reloj daba las diez y media de la noche. Mi corazón latía a tal velocidad que creí verlo salir de mi pecho y correr como un dibujo animado por el suelo.

Ilustración Matte Stephens



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