martes, 7 de octubre de 2008

La Señora Ionona



Lo que voy a contarles sucedió un día cualquiera de un año cualquiera. No recuerdo el mes, ni el día de la semana. Pudo ser un miércoles o tal vez, un sábado. Aquel día el periódico relataba con todo lujo de detalles los asesinatos acontecidos en otoño de1888. Entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre, cinco prostitutas habían sido cruelmente descuartizadas en Whitechapel. Había pasado mucho tiempo desde que aquello sucediera y el periódico como es costumbre, elucubraba, confundía y llenaba líneas con conjeturas que no eran más que eso, conjeturas. Lo cierto era, que la identidad del asesino seguía siendo una incógnita. Pero a quien le importaba aquello. Los lectores buscábamos en la narración el color de la sangre, las gotas resbalando por las comas que como cuchillos cortaban las frases, las vísceras encerradas entre paréntesis. Que nos importaba a nosotros que el asesino fuera un loco misógino, un peluquero o una mujer.
Entré a aquel bar imaginando que me deslizaba por una espesa niebla y creyendo tropezar con un cuerpo mutilado, caí al suelo de bruces. Parece ser que por unos instantes perdí el conocimiento. La imaginación a veces suplanta a la realidad y es cruel. Cuando desperté de mi particular pesadilla, ella estaba junto a mí. Tenía mi cabeza apoyada en sus piernas y me aventaba con el periódico; Lo hacia con tal sutileza que aquella brisa inducida por sus manos, trajo a mí, el mar de mi infancia.
Desperté sin sobresaltos y ayudado por un amable caballero me incorporé. Mareado y por precaución decidí sentarme en una silla próxima. Me acerqué tambaleándome y dejé caer todo mi peso provocando un estrepitoso ruido sordo. La mujer me miraba fijamente, mientras yo sacudía mi traje de chaqueta azul marino. ¿Está usted bien?, dijo con voz etérea. Yo apenas podía responder, el golpe en la cabeza me había causado una terrible conmoción. No conseguía fijar la mirada. La imagen se troceaba en miles de piezas que formaban un colorido calidoscopio, que giraba a tal velocidad, que sé con seguridad, que de haber estado yo en plenas facultades me habría aterrorizado.
La mujer que debía tener unos setenta años se puso hablar. Lo que me contó entonces, nunca he sabido si lo imaginé víctima del aturdimiento o si lo inventó ella para entretenerse. De cualquier modo nunca lo he olvidado.

Ilustración Gabriel Pacheco

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