viernes, 3 de octubre de 2008

La lección de gastronomía


Aquel año, para mi sorpresa, recibí una carta de la RHL. Se trataba de una invitación que me citaba el 4 de octubre en la sede de su organización en Ámsterdam. Había sido seleccionado como el fotógrafo que inmortalizaría su homenaje pictórico anual. A continuación detallaban una serie de normas que por supuesto acepté. El escrito también explicaba que tras realizar la fotografía tendría lugar una cena inolvidable. Me sentí terriblemente afortunado.

Siempre había pensado que la RHL era una fábula. Una de esas leyendas urbanas que circulan entre los artistas y que nadie sabe si de verdad son ciertas. La única prueba de su existencia eran las fotos que puntualmente aparecían colgadas en su web. En ellas, sus miembros escenificaban cuadros de famosos pintores: "La cena imaginaria de los filósofos" de Jean Huber, "La cena de Emaús" de Caravaggio, "Comiendo en la barca" de Sorolla o "Comida sobre la hierba" de Manet...
Llegué puntual a la cita, no quería perderme nada. Allí me recibió un extraño hombre de complexión fuerte y de altura considerable que me acompañó a la que sería mi habitación y me informó que el personaje que yo representaría aquella velada sería "Aris Kindt", un nombre que no me dijo nada.

Los miembros de la RHL no tardaron en aparecer, entraron a la casa en silencio y recibieron, al igual que yo, un sobre en el que figuraba escrita su identidad ficticia, el título del cuadro que rememorarían y una maleta en cuyo interior encontrarían la ropa que debían vestir. Con absoluta discreción se dirigieron a sus habitaciones, donde sacaron de sus valijas sus atuendos blancos; y una vez preparados, esperaron a ser avisados para representar la famosa lección pública de anatomía, impartida en 1632 por el afamado doctor Nicolaes Tulp e inmortalizada por Rembrandt.

Convertidos pues en cirujanos, los ocho hombres comenzaron a matar el tiempo en sus habitaciones. El doctor Jacob de Witt leía sobre las estructuras del cuerpo humano, Adraen Slabran prefería observar láminas de naturalezas muertas, Koolvelt y Loenen miraban fijamente el teléfono sentados al borde de la cama. Kalkoen jugaba una tensa partida de ajedrez con su ordenador. Hartman escribía con una afilada prosa forense en su diario íntimo mientras descubría con terror que no tenía mucho apetito. Y Jacob Blok miraba ansioso por la ventana mientras se comía las uñas.

El reloj pronto dio las nueve y el timbre de mi teléfono sonó para anunciarme que sus eminencias me esperaban. Me puse ese horrendo uniforme blanco, una excentricidad intelectual de aquellos hombres, supuse. Bajé las escaleras con mi cámara preparada y entré al salón. Allí estaban todos de pie alrededor de la mesa. En el centro, presidiendo la escena había un hombre con puñetas.

- Bienvenido, Aris - dijo con un tono que a mí se me antojó un tanto irónico.

Coloqué la cámara en el trípode y busqué el encuadre perfecto. Y allí escondido tras el objetivo sentí pánico. Observé sus miradas ávidas y pude ver caer la saliva de la comisura de sus labios. Dicen que el miedo aviva la memoria y así fue que recordé que Aris Kindt fue el criminal, ahorcado por robo a mano armada, cuyo cuerpo entregado a la ciencia fue diseccionado por el doctor Tulp. Un extraño escalofrío recorrió en ese instante mi cuerpo, entró por los folículos capilares y no cesó hasta alcanzar la uña de mi dedo meñique.
Como pueden imaginar, la cena del crimen tuvo lugar sin mí.

Fotografía de J.M. Alcazar (Exposición Crimen 08)

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