jueves, 27 de octubre de 2011

Hondamente realista



Ato cabos y voy tejiendo lentamente una red que se alza sobre el suelo. Una malla que cierra cada vez más sus agujeros. Doy un paso y dos y tres… y más tarde, rompo el camino pintando en él un paso de cebra. Agito los libros y de ellos resbalan las palabras que como un ejército se forman en frases dispuestas para la batalla.

Rompo las líneas escénicas y escribo una obra para tres personajes y un pájaro. Sugerir y no mostrar - les digo - y ellos me miran como si la locura hubiera hecho mella en mis pensamientos.

“Cuando dudes, cuando estés perdido, no te detengas. En lugar de eso, concéntrate en lo pequeño. Observa, encuentra un detalle en el que concentrarte y haz eso. Olvida el gran cuadro por el momento. Simplemente, pon tu energía en los detalles de lo que ya está ahí. El gran cuadro acabará por desplegarse y revelar su naturaleza si te apartas del camino durante un momento” – dice Anne Bogart.

Y eso hago. Miro alrededor buscando. Me alejo del escenario y observo la situación entre bambalinas. Recuerdo “La Gaviota”, muerta por un cazador que pasaba por allí y no tenía nada que hacer. Ahora ya no puede escapar a su destino. Atrapada por las fuerzas de un imán que la llevan a un lugar lleno de claroscuros.

“Día y no noche me acosa la necesidad de escribir, escribir, escribir. Apenas he terminado un libro, algo me impulsa a escribir otro, y luego un tercero, y un cuarto. Escribir sin cesar… No puedo escapar de mí mismo, aunque siento que estoy acabando con mi vida…Apenas el libro ha salido de la prensa, se me vuelve odioso. No es lo que yo quería; incurrí en un error al escribirlo. Me siento irritado, desanimado…Luego el público lo lee y dice: “Sí, es muy hábil, muy bonito, pero ni remotamente tan bueno como Tolstói” escribe Chéjov. Y el gran Liev Nikoláievich le advierte: “A un gran corazón, ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa”

Regreso entonces a mis personajes.

viernes, 14 de octubre de 2011

El bloqueo


Collage Sr Garcia

¿Ha sucedido o no ha sucedido? En mi cabeza se ha formado un vacío ambiguo, que podría deberse igualmente al trauma de lo que ha ocurrido o al cambio que significa lo que está por ocurrir; y no acierto a llenar ese vacío. Sin embargo, la cosa en cuestión me concierne directa e inmediatamente: si no sucedió hace quince minutos, debe suceder dentro de quince minutos. Pero las dos posibilidades tienen en común un mismo sentimiento de impaciencia casi frenética, que me impide esperar que los hechos me proporcionen la explicación definitiva que necesito. No puedo esperar ni siquiera un minuto no sólo porque debo prepararme para enfrentar dos situaciones muy distintas, o sea, aquella de lo ya ocurrido y aquella de lo no ocurrido todavía, sino también y sobre todo porque debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. En efecto, precisamente de eso se trata, y no hay quien no vea la enorme diferencia que hay entre tomar conciencia antes de la acción y tomar conciencia después de la acción. Pero, ¿cómo se hace para tomar conciencia cuando la acción está, por así decirlo, en la punta de la lengua y no se decide a adoptar el aspecto sea de lo ya visto, ya hecho, ya padecido, sea el de lo todavía no visto, todavía no hecho, todavía no padecido?

Con una mano sola me llevo el cigarrillo a la boca; lo tomé del paquete que está sobre el tablero y lo prendo con el encendedor del automóvil. Entretanto, sigo apretando con el brazo izquierdo, doblado, el cierre relámpago de la chaqueta, que, no sé cómo, se ha trabado y quedó abierta, de modo que la empuñadura de la pistola se asoma visiblemente. Se me ocurre que para saber si la cosa ha sucedido o aún debe suceder yo podría, en vista de que la memoria está bloqueada, interrogar la realidad, buscar indicios de lo ya ocurrido o lo no ocurrido todavía. Por ejemplo, el cierre relámpago trabado. Ayer funcionaba, por lo tanto se trabó esta mañana. Pero, ¿se trabó después de algo hecho, o antes de algo que todavía falta hacer, debido a un tirón demasiado brusco, causado por la sorpresa de lo ya ocurrido, o por la nerviosidad de lo que todavía no ocurrió?

Abandono de pronto el tema porque reconozco allí la misma ambigüedad indescifrable que hay en el principio de la amnesia; y me digo que hay una sola manera de comprobar inmediatamente si el hecho se ha consumado ya o no: examinar la pistola, verificar si ha disparado. El alivio con que recibo este proyecto me dice que he pensado con exactitud. ¿Cómo no se me había pasado ya por la cabeza una solución tan lógica y tan simple?

Pero el alivio dura poco. Sí, la pistola puede proporcionarme la prueba que tan afanosamente estoy buscando; pero es una prueba “exterior”. Es como si le pidiera a las ropas que llevo puestas, a los zapatos que calzo, la prueba de mi existencia. Prueba que debe ahora, en cambio, residir en la certeza de que existo sin necesidad alguna de pruebas: en el hecho mismo de que nadie busca pruebas. Por otra parte, la prueba de la pistola me espanta, porque confirmaría esta disociación mía, funesta e insoportable. Después de la prueba, sabré con certeza que la cosa ha sucedido o no ha sucedido; pero tendré al mismo tiempo otra certeza, desconcertante, la de que la cosa ya ha sucedido o no “a otro”, puesto que yo, “dentro” de mí, seguiré ignorando si el hecho se ha verificado o no.

Sin embargo, debo saber, no puedo esperar. Es como si me hubiera sumergido hasta el fondo del mar, mi escafandra de buzo se hubiera averiado, y yo me sofocara y supiese que sólo tengo pocos segundos para salir a flote. Mi urgencia de saber, por lo demás, es justificada por un embotellamiento de tránsito donde mi automóvil se ha encastrado, según todas las apariencias, irremediablemente y como para siempre. Estamos en un gran camino periférico que no conozco. Los automóviles están quietos, en cuatro filas de ambos lados, adelante y detrás. Exactamente frente a mí, la visión es interrumpida por el rectángulo negro y amarillo de un colosal camión de transporte. A la derecha del camión, allá lejos, la luz del semáforo ya se tornó tres veces alternativamente verde y roja, sin que los vehículos se hayan movido. Debe de tratarse de un accidente; o bien de uno de esos bloqueos inextricables que pueden durar varias horas. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder.

Recuerdo en este momento (mi memoria funciona tanto mejor cuanto más lejos están los hechos que intento recordar) que hace algunos años atravesé el Sahara, de Túnez a Agadesh, y que varias veces me extravié por perder el camino. ¿Qué hacía entonces para encontrar el camino correcto? De acuerdo con una regla dictada por la experiencia, volvía atrás hasta el punto de donde había partido. De allí partía de nuevo y, en efecto, al cabo de un recorrido más o menos largo, descubría el lugar preciso donde me había desviado. Una vez debí recorrer tres o cuatro veces el mismo camino equivocado antes de descubrir el error. Me perdía siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar. Al fin, sin embargo, cuando estaba ya por desesperar, con el sol cerca del poniente y la perspectiva de quedar sin gasolina, de pronto encontraba el camino. Estaba tras un matorral no más alto que un niño, y borrado por un tramo no mayor de tres o cuatro metros. Es fácil perderse en el desierto.

Ahora haré lo mismo. Volveré atrás hasta el punto en que mi memoria dejó de funcionar; hasta el punto en que empieza el vacío (estuve por decirme “el desierto”). Pero debo apresurarme a emprender esta operación mnemónica, porque de un momento a otro el embotellamiento de la ruta puede resolverse; y en ese caso es muy probable que minutos después llegue a saber con certeza si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Pero no llegaré a saberlo por mérito propio, sólo gracias a mis fuerzas, sino por obra del choque con la realidad: eso jamás podré perdonármelo, y por otra parte no resolvería nada, porque mi problema ya no consiste en saber sino en recordar.

Veamos, entonces, en qué momento de la mañana (ahora son cerca de las doce) mi memoria dejó de funcionar. Entonces, con súbito sentimiento de estupor, descubro que no recuerdo nada hasta... hasta el momento del despertar. Esto quiere decir que sólo recuerdo el despertar, y nada más, porque antes del despertar está el vacío de la noche, que pasé durmiendo; y después del despertar está el vacío del bloqueo mental. Pero el despertar, esos pocos o muchos minutos que pasé en la oscuridad esta mañana, antes de levantarme, ese instante lo recuerdo muy bien y puedo describirlo con todos sus particulares. De modo que, ahora, lo describiré, y mediante esa descripción, estoy seguro, recobraré la punta de la madeja de la memoria; descubriré, como en el desierto, el pequeño matorral tras el cual se esconde el camino.

Por lo tanto, coraje. Me desperté más o menos a la hora fijada, pero por mí mismo, antes de que sonara el despertador. Encendí la luz, miré el reloj de pulsera y vi que faltaban cinco minutos; mi primer impulso fue apagar la luz, acurrucarme y dormirme de nuevo. Pero no era posible; no se puede dormir nada más que cinco minutos; de modo que apagué la luz, pero me quedé sentado en la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad. No pensaba en nada; o, más bien, pensaba en el color de la oscuridad. ¿Qué color tenía la oscuridad? ¿Color café muy tostado? ¿Color negro de humo? ¿Color ébano? ¿Color tinta? ¿Y qué consistencia tenía, de qué estaba hecha? ¿Era un hormigueo de moléculas negras sobre un fondo imperceptiblemente luminoso, o en un hormigueo de partículas luminosas sobre un fondo uniformemente negro?

Recuerdo que descarté una tras otra esas definiciones porque no me satisfacían; pero sentí, en compensación, que la oscuridad me “apetecía”, que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno. Recuerdo también que de vez en cuando encendía la lámpara, miraba el reloj, veía que habían pasado dos minutos, después tres, después cuatro, y cada vez apagaba de nuevo la lámpara, para gozar, aunque fuera durante un minuto, durante treinta segundos, de esa oscuridad deliciosa.

Por fin encendí la lámpara sabiendo que era la última vez que lo hacía y que ya era hora de que me levantara. Fue justamente en ese instante, precisamente en esa diminuta fracción de tiempo en que encendí la luz, cuando dejé de registrar lo que hacía, porque a partir de entonces no recuerdo nada más de lo sucedido.

Observo el rectángulo amarillo y negro de la parte trasera del camión de transporte; veo que no se ha movido; por otra parte, la luz del semáforo, allá lejos, pasado el camión, está roja; tal vez me quede todavía un minuto; tal vez, si al prenderse la luz verde los vehículos no avanzan, haya todavía dos minutos. Entonces reanudo con encarnizamiento la reconstrucción del despertar. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede haber ocurrido semejante cosa? ¿Y por qué precisamente a mí?

Me digo que no es difícil imaginar lo que hice. Soy una persona más bien rutinaria: he de haberme levantado, he de haberme duchado, he de haberme afeitado, etcétera, etcétera, etcétera. Pero todo esto, como lo advierto de pronto, no lo recuerdo; me limito a reconstruirlo sobre la base del recuerdo de mis otros despertares anteriores. Y en cambio debo recordar precisamente el momento de asearme esta mañana, no el de alguna otra. Sólo si lo recuerdo podré recordar lo que aconteció después; es como encontrar de nuevo el matorral tras el cual se esconde el camino.

Hago un gran esfuerzo; me repito: “Entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara...”.

Ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir. Pero comprendo con angustia que no seré yo, con mi memoria, quien lo descubrirá; en cambio, me lo revelarán los objetos y las circunstancias.

Fragmento del libro "Un horrible bloqueo de la memoria" de Alberto Moravia


Ilustración Hugo Horita


jueves, 13 de octubre de 2011

Morigerar antes de empezar




Ilustración de Juan Gatti

En la oscuridad y con pasos como plumas para no hacer ruido, bajó las escaleras. No quería molestar los sueños ajenos. Entró al cuarto de baño que brillaba argénteo. La luna golpeaba insistentemente en el cristal. Se sentó en la taza y dejó que los efluvios de la noche resbalaran por sus piernas.




Ilustración de Juan Gatti

Tiró de la cadena y abrió la ventana. La luna era tremendamente redonda como un pez que se muerde la cola. Y sobre ella divisó un astronauta que esperaba. La base hacía tiempo que le había anunciado su próximo rescate. Le habían dicho que enviarían un cohete, uno antiguo, como los que dibujan los niños cuando se les inquiere a hacerlo. No tenían prepuesto para una moderna cápsula espacial, habían añadido. Reconocería el artefacto porque iría pintado de un azul intenso y sobre éste podría apreciar dibujada la tierra.

Aunque las horas pasaban plúmbeas para él, no había perdido la esperanza de que su viaje extravehicular acabara. Sus paseos por la superficie lunar pronto no serían más que recuerdos que contaría a los niños del vecindario aunque estos no le preguntaran.

Les hablaría de su primer paseo espacial, el 17 de marzo de 1965. No les revelaría que se adelantó a los rusos en su misión Vosjod2; ni que los suyos le habían ocultado que sería objeto de un experimento. La base pretendía estudiar sus reacciones al vacío.

Él durmiente despertó. Palpó las sabanas y sobresaltado la llamó. Ella miró hacia arriba. El cosmonauta que también le había oído, escribió un mensaje en la pantalla de su casco. Los cascos son una pieza de especial delicadeza, no sólo permiten la visibilidad y protegen de las radiaciones sino que tienen uno o dos micrófonos para radio, unos auriculares y una pantalla donde aparecen mensajes escritos.

El mensaje del cosmonauta era una frase de Ovidio que éste había encontrado en un azucarillo:

“En asuntos de gran importancia, la confianza suele venir muy lenta”

Cerró la ventana y subió de nuevo a la cama. Se abrazó al calor del sueño que el durmiente despedía. Cogió su mano y acarició su brazo con el temblor de aquellos que hacen algo por primera vez.


Ilustración de Juan Gatti


lunes, 10 de octubre de 2011

El final de la sombra o creo que compartirás mi opinión cuando veas el estado de la víctima






Ilustración de Javier Zabala

“Sólo las velas conocen el secreto de la agonía”

Un pensador Polaco

La joven escritora que vivía en el ático acababa de ser incinerada. Su familia bajaba las escaleras en un extraño silencio que se rompía con las voces de unos niños. El anciano padre lo hacia custodiado por el hermano de la chica y el cuñado de éste. Tres vecinas se habían unido al duelo vestidas con trajes de colores, como se había exigido en la invitación al evento. Desde lo alto llegaba claro el sonido de la música.

La puerta de la casa seguía aún abierta. Aún podía olerse el aroma del chocolate que habían cocinado para despedirla. Una mecedora balanceaba aún caliente el mimbre de su asiento. Sobre la mesa descansaba la difunta. A su lado el paquete de sus dulces favoritos.

Él, el hombre al que la escritora amaba se paseaba libre por la habitación. Leía susurrando, como quién anda sigiloso para que el ruido no despierte a los que sueñan. Se detuvo frente a la ventana y observó los árboles. Sobre una rama un Quetzal brillaba mientras abría y cerraba el pico. Él, entonces, rememoró sus largos paseos por la montaña, sus apasionadas conversaciones y los lugares comunes para esconderse.

- Un, dos, tres, cuatro…

- No abras los ojos que te conozco.

- Tranquilo escóndete… cinco, seis…

- No me fío.

- Siete, ocho…

- Espera, espera.

- Nueve y...

Cansado se sentó en el suelo e intentó poner todos sus pensamientos en blanco. Se tapó el rostro con la cortina y la respiración acercó la tela a su nariz y la pegó a sus gestos, dibujando una perfecta máscara con sus facciones.

El Quetzal aprovecho el instante para entrar en la estancia. Atravesó el silencio que había dejado tras de sí la música y voló hacia la mesa. Miró a la escritora y hundió sus patas en ella.

Comenzó a dar pequeños saltos y con destreza fue marcando las huellas de un camino ceniciento que se acercaba a un haz de luz. Un rayo de sol que entraba por la ventana, esquivando las ramas del árbol.


viernes, 30 de septiembre de 2011

El suelo estaba más gris que antes pero el cielo era más claro.





Fotografía de Magdalena Wanli


La lluvia no cesaba y aunque sus pasos eran rápidos, nada evitó que su pelo recogido en un moño se mojara. Entró para protegerse de la lluvia en la misma librería que la tarde anterior había visitado. Se acercó a las mismas estanterías que había ojeado y comenzó a buscar. Intentaba encontrar, un libro, un título sugerente y onírico que el día anterior había descubierto y que, ante las dudas de si comprarlo o no, había dejado escapar.
No recordaba ninguna pista que pudiera acercarle a él. Tan sólo recordaba que el autor era argentino y amigo de Apollinare. Intentó rememorar y centrar su posición frente a las estanterías. Tal vez colocándose en el mismo lugar la regresión y la búsqueda serían más sencillas.

“¿Consejos para durmientes…?”, no. ¿Empezaba el nombre por la “i”?, tampoco.


Entonces una jovencita de unos 16 años la empujó y le pidió disculpas después de hacerlo. Cogió la banqueta que permitía alcanzar los libros de la última balda y le dijo a la amiga que la acompañaba que debía elegir entre dos libros. La chica bajó sosteniendo en la mano derecha el libro de Emily Brönte “Cumbres Borrascosas”, mientras su amiga la miraba atenta sosteniendo con ambas manos “Las olas” de Virginia Woolf.

- ¿Cuál? - preguntó la chica que había subido a la banqueta.

Un señor con gabardina beige y de avanzada edad, que ojeaba libros cerca y había observado la situación se dirigió a las chicas e intentó ayudarlas a elegir.

- Mejor el de Virginia Woolf - respondió el caballero.

Las jóvenes le miraron recriminándole el atrevimiento. Era un desconocido y que le importaba a él, que libro iban a comprar. La chica que había subido a la banqueta, le contestó molesta.

- No es para nosotras es para mi madre.

El señor amable, les advirtió que “Cumbres Borrascosas” era un libro muy conocido y que probablemente ya lo tendría o lo habría leído. Y les sugirió que lo compraran en bolsillo sería más económico.
La chica indignada le dijo que no, se trataba de un regalo y en ese caso, siempre era mejor la tapa dura.

Al otro lado de la escena estaba ella, con el moño goteándole y distraída de su búsqueda. Pensó en lo que acababa de decir la joven y al mirarla creyó ver a la madre de ésta, durante un desayuno en una mañana cualquiera, dándole ese consejo a su hija. Ese consejo que la ayudaría a guardar las apariencias y a quedar elegantemente en un mundo en el que aparentar es ya casi más importante que ser.


El señor se dio cuenta por el tono de la respuesta de la joven, que estaba molestando y se calló. La chica del moño le observó mientras se movía lentamente para alejarse de aquella situación. Cuando el hombre pasó por su lado, ella cortésmente le dijo en voz baja.

- Yo también opino como usted.

El caballero hizo un ademán y espero a que las jovencitas se alejaran hacia la caja, después de haber depositado “Las olas” en su lugar correspondiente. La chica del moño pensó que tal vez si aquel hombre no hubiera dicho nada, Virginia hubiera tenido alguna posibilidad de ser comprada y tal vez, leída. Al fin y al cabo las chicas no parecían tener muy claro cuál.

El caballero se dirigió a la chica del moño y dijo:


- Las cosas han cambiado mucho. Los jóvenes ya no son como antes dijo refiriéndose a lo molestas que se habían sentido las chicas por sus palabras. Y continúo, el otro día les pregunté a mis alumnos si conocían a Simenon. De los treinta y cinco, ni uno había oído hablar de él.


- Que triste ¿verdad? - dijo la chica del moño y añadió - pero no crea que los de mi edad si lo conocen.

Los dos se miraron, guardaron silencio y cada uno siguió su camino, cada uno en su búsqueda particular de un libro. Minutos más tarde el caballero volvió junto a la chica del moño y le dijo:

- Veo que es usted una mujer interesada en la lectura. Si le gusta Muñoz Molina no se pierda su último libro. Para mí “El jinete polaco” es una de sus mejores novelas y éste último sigue el tono de aquel. Es espléndido.

La chica del moño goteante asintió y le vinieron a la cabeza “El dueño del secreto” y “En ausencia de Blanca”, aunque había leído algunos títulos más, del maestro de Jaén. Antes de que el caballero se alejara nuevamente la chica del moño le preguntó:

- ¿Es usted profesor de literatura?
- No, por Dios. Soy profesor de derecho, de derecho financiero. Soy un rara avis, ya lo ve.

El caballero sonrío cortésmente y se alejó. La chica del moño siguió con su búsqueda un rato más y pronto se dio por vencida. Antes de salir de la librería buscó con la mirada al caballero que hablaba y reía con uno de los libreros. Cruzaron una última mirada y ella salió del local.
La lluvia había cesado. El suelo estaba más gris que antes pero el cielo era más claro.



Fotografía de Magdalena Wanli

jueves, 29 de septiembre de 2011

Me puse un viejo abrigo grueso y salí de casa.



Fotografía de Maleonn.

Amanece. La alarma del despertador llega lejana. Pasea la mano por la mesilla a tientas. Golpea “El amante de Lady Chatterley” en su edición de bolsillo y lo hace caer al suelo, arrastrando con él las gafas. Apaga el eco y la habitación queda muda. Recoge el libro y relee su primer párrafo

"La nuestra es una época esencialmente trágica; por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ha ocurrido. Nos encontramos entre ruinas, y empezamos a construir de nuevo, a tener de nuevo pequeños hábitos, pequeñas esperanzas. Es una tarea ardua: ahora ya no hay un camino fácil hacia el futuro; tenemos que sortear o saltar por encima de los obstáculos. Tenemos que vivir, por muchos cielos que se hayan derrumbado.”

El silencio se interrumpe por el ritmo de una respiración constante y profunda. Es la de un hombre. Un hombre que duerme. Como le gustaría encontrarse con Perec. Ella, como ese estudiante suyo que un día decidió no levantarse de la cama, abandonar sus estudios, sus amigos, su familia y encarcelarse en si mismo, deambularía por Paris buscándole. Caminaría sonámbula, vagando de un lugar a otro de la ciudad, como un fantasma fagocitado por las calles.



Fotografía de Maleonn.


“No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.”

Eso dijo K en sus “Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero”. Entonces,entiende. Hay que esperar a que la luz, como una espada atraviese su pecho.



Maleonn es un fotógrafo chino, nacido en Shanghai en 1972. Su obra es un interesante viaje gráfico y teatral. Durante un tiempo se dedico al cine comercial pero cansado de no encontrar en ello satisfacción personal, a pesar de ser muy reconocido profesionalmente, decidió comprar una cámara de fotografía y acompañado de un bote de pintura se sumergió en su mundo imaginario.
Sus trabajos y composiciones fotográficas son magníficas, inquietantes y oníricas. Ha expuesto en las principales galerías de todo el mundo y es considerado uno de los mejores exponentes actuales del "surrealismo digital".

http://www.maleonn.com

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar


"Le hizo comprender con ternura que hay en el mundo dos clases de enamorados: los que desean como locos, cuyo ardor se debilita tras el triunfo, y aquellos a quienes somete y apresa la posesión, en quienes el amor sensual, al mezclarse con las inmateriales e indecibles llamadas que lanza a veces el corazón del hombre hacia una mujer, hace florecer la tremenda servidumbre del amor completo y torturador."

Guy de Maupassant


Pintura de Sara Zin

“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente, te encontrarás a ti mismo. Y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.”
Pablo Neruda
.

Tal vez, la casualidad no existe y por ello, a veces nos encontramos con algunas personas que jadean mientras nos saludan tímidos. Tal vez, algunos transitan constantemente nuestra periferia, a la espera de vernos fortuitamente, persiguiendo el azar para poder sobrevivir a sus mañanas, sus tardes y sus noches. ¿Quién sabe?


Pintura de Sara Zin

¿Te has dado cuenta, de qué cuando uno mira el reloj, el tiempo se detiene? Los minutos pasan más lentos y los números se empequeñecen. Sí, lo hacen. Uno salta con la vista a las horas que se convierten en minutos y entonces, descubre que estos se convierten en segundos que no pasan.

La velocidad frena y la vida derrapa. Y el mundo no deja de girar porque nunca ha girado. Entonces las marcas de avión en el cielo permanecen como rayas de nube. Inciertas equis de algodón.


Pintura de Sara Zin

Esa mañana miraba a lo alto esperando que esos pentagramas inconclusos desaparecieran de su vista.

Se levantó de la silla de madera y se dirigió a la baranda metálica que ardía por la incidencia del sol. Colocó sus manos en el negro ardiente y subió sus pies al muro de piedra. Una pequeña balaustrada que la alzaba unos treinta centímetros del suelo. La sensación de volar, de elevar los pies lejos de la ansiosa realidad, la reconfortó.

¿Qué pasaría si, ahora, una bocanada de aire la elevara y la dejara caer al abismo del asfalto?

“Pasaría que un coche pequeño y lento, conducido por una anciana que tendría el carnet desde hacia poco, y que buscaba aparcamiento en una calle imposible, la recibiría en su techo metálico. Un golpe certero alertaría a la anciana de que un bulto se aferraba desde hacia segundos a sus lomos. Ésta detendría el coche y saldría de él. La descubriría y la miraría con asombro. Un mal aterrizaje, pensarían ambas. Durante segundos, un silencio incómodo las separaría y las haría girar dentro del melodrama. Ella la mujer caída, cubriría con sus manos su vergüenza. Y su largo vestido de aire hippie, se levantaría por el viento y poco a poco, se desprenderían y saldrían volando las flores dibujadas en él, hasta convertirlo en un trozo de tela, semitransparente e insípido. La anciana miraría con deleite aquel torbellino floral que dejaría a su paso un agradable olor a primavera. La mujer caída, bajaría del techo, se deslizaría colocando su nuevo olor acre, en tierra. Se recompondría y extrañamente, no temblaría. La anciana más tranquila, al creerla con vida, se ofrecería a llevarla a algún lugar, un paseo por el parque, una visita al botánico o tal vez al mar. Sí el mar dirían las dos a la vez, mejor al mar.”

Abrió los ojos y soltó la baranda. No está bien pensar cosas atroces - se dijo. Debía alejar como fuera esas preguntas absurdas. Bajó al suelo y las plantas de sus pies notaron el escozor de las baldosas de barro. Dio unos saltos intentando esquivar el ardor y volvió a subir al murete y en una especie de alucinación, al mirar hacia abajo, se vio caminando por la acera. Iba tras otra mujer, la seguía como lo hacía su sombra. Primero la dama, tras ella su sombra y después su alucinación.

Su alucinación miró hacia arriba y la vio observándola. Ella soltó la baranda y bajo del murete. Comenzaron a caer relojes desde el cielo, eran relojes de pulsera, tal vez, los relojes de los hombres con traje y bombín de Magritte, que se liberaban de la esclavitud del tiempo y llovían, desde ese momento, libres.


Pintura de Sara Zin

SARA ZIN es una artista coreana, nacida en Seul.
Los retratos de sus mujeres transmiten una inmensa melancolía y tristeza. Su poesía visual es hipnótica y te atrapa en las redes de la pintura. En una entrevista la artista dice que su trabajo no tiene elaborada una historia que contar, dice que es más bien un intento de capturar un momento de tranquilidad, de intimidad en el tiempo.
Al mirar los ojos de sus mujeres uno no puede evitar conmoverse.

www.zingallery.com

jueves, 22 de septiembre de 2011

Tal vez, ahora


Obra de Henry Darger

"Soy un Adán que sueña con el paraíso pero siempre me despierto con las costillas intactas" JUAN JOSE ARREOLA

Ahora que ya no están los pájaros, que ya no están las hormigas, ni los lobos.
Ahora que se han ido los osos y las ballenas.
Ahora que el otoño parece primavera y el invierno verano.
Ahora que el silencio ha abatido al ruido.
Ahora que la espera duerme.
Ahora, podría ser,

tal vez, ahora.

Suena Ana Laan cantando "Lowteach lady"

www.myspace.com/analaan/music/songs/lowteach-lady-19219996

jueves, 19 de mayo de 2011

Han llovido hojas y el pasto se ha elevado en espirales violentas

Fotografía de andre Kertesz

Como un árbol sin bosque atrapado en un cuadrado de 80x80 en el asfalto. Erguido frente al incesante tráfico de una calle de ciudad. Observando el interior de una habitación cuya ventana alguien dejó abierta sin pretenderlo. Un olvido pasajero o tal vez, la sombra de la memoria de un hecho no llevado a cabo. El viento suave y frío sopla entre las hojas de un calendario que puede verse colgado de la pared. El crujir del papel delata que hace tiempo que duerme. Un lunes vacío, un martes también. Un miércoles y un jueves congelados. Y un viernes manchado por un pequeño temblor de tinta, una mancha diminuta. El tiempo del almanaque detenido. Como un reloj al que se le ha terminado la cuerda. Bajo la cama algo se mueve. La voz de Roberto Juarroz, lee:

“Detener la palabra un segundo antes del labio, un segundo antes de la voracidad compartida, un segundo antes del corazón del otro, para que haya por lo menos un pájaro que pueda prescindir de todo nido”

Suena Anna Ternheim "A French love (naked version)"

martes, 11 de enero de 2011

Ser tal vez le hubiera bastado



Ilustración de Chiara Fatti
www.chiarafatti.net

Y vuelve el día convertido en un río de horas.
Una corriente de minutos que navega sin rumbo fijo.
Y que borra las huellas que el pensamiento dejo en la noche.
Con la conciencia de un movimiento perpetuo, alguien grita.
Una cara le mira desde el espejo y le dice que Ulises lloró de amor al ver Itaca.
Y piensa en cuanto le hubiera gustado ser un remedio.
Ser una casa.
Ser, tal vez ser le hubiera bastado.
Pero como ya tituló Althusser “El porvenir dura mucho tiempo”.
Y no se puede esperar tanto.
El silencio la toma por el cuello y la estrangula.
Después regresa de ese delirio onírico para cantarle una canción de cuna.
Una nana que anuncia un cambio.

martes, 21 de diciembre de 2010

Papel mojado


Ilustración de Jesús Cisneros


Con gran delicadeza construye con sus largos dedos de pianista el último barco de papel con alas rectas. La noche ha sido muy negra y ella como si se tratara de una margarita ha entretenido a la oscuridad deshojando una vieja revista. Con las páginas pares ha construido barcos y con las impares aviones. Al amanecer ha comenzado a llover. Una fina cortina húmeda ha impedido que su aviación y su marina partieran. Impotente, ha mirado el cielo y ha creído ver que algo se escondía entre las nubes. Ha sacado sus prismáticos de la funda y los ha puesto frente a sus ojos. Las nubes se han acercado entonces a la punta de su nariz y ha podido ver a un pequeño escalador de apenas dos centímetros y medio de alto y junto a éste una esfera amenazante, de seis centímetros de diámetro. Asustada se ha quitado los binoculares.


jueves, 16 de diciembre de 2010

He soñado con la valentía




Ilustración de Riki Blanco
www.rikiblanco.net


La cena termina y los cuatro comensales se despiden. Ellas se besan afectuosas y ellos se dan la mano. Él, el hombre llamado Azul se pone la gorra y adopta desde ese momento su aspecto británico. Ella, la mujer perdida, cae rodando dentro de si misma, como Alicia en el agujero del árbol pero no encuentra ni al conejo, ni a la reina roja, ni al sombrerero loco. Arrastra consigo la sensación de inestabilidad con la que ha estado jugando toda la velada.

A las 9 en punto, el suelo se ha convertido en un trozo de chicle que poco a poco se ha ido estirando hasta convertirse en una tensa cuerda, que recuerda a la de un funambulista, y que cada vez es más delgada.

Ha comenzado el viaje de vuelta a casa. Él camina rápido. Va dos pasos por delante de ella. Ella avanza pausada, le pesa el frío. Piensa en la frase de Emerson: “Cuando patinamos sobre hielo quebradizo, nuestra seguridad depende de nuestra velocidad”. Y aterrorizada escucha como el asfalto cruje y se desquebraja bajo sus pies.

Al llegar a casa el silencio caldea la estancia. Tras la puerta, Yeats, se acerca a ella y le susurra al oído: “La muerte del brillo de unos ojos que una vez nos quitaron el aliento”. Y entonces la angustia se transforma en epifita. La planta aérea avanza por sus rodillas y no se detiene.

Comienza entonces una obra muda porque como decía Beckett, no se puede contar el silencio.

El la mira y comienza a inquietarse.


miércoles, 10 de noviembre de 2010

La rectitud de las normas


A media tarde sube para comprobar que su discurso todavía tiene cierta coherencia. Lleva enrollada al cuello, a modo de bufanda de lana, su serpiente, a la que no da de comer desde hace tiempo. Abre con sigilo la puerta, mira furtivamente y cierra de nuevo. Su rostro parece satisfecho. La serpiente sisea por hambre. Ella la hace callar no quiere que nadie las descubra.



Ilustración de Tascha Parkinson

El sonido de sus pasos se aleja y se pierde. Una vez en casa desenrosca a la serpiente y la mete en la pecera redonda. Se quita la chaqueta oscura y se sienta en el sillón a esperar. Coge un libro para calmarse pero la inquietud y el temor no le permiten leer. Levanta el teléfono y lo llama. En el último año, él la ha acompañado a casa y ha montado con ella en bicicleta. Pero ni eso le ha hecho olvidar la rectitud de las normas. Las normas son las normas, se ha dicho miles de veces a si misma frente al espejo. Asegura que no es rabia, ni envidia. Tampoco el escozor de la soledad mordiéndole los talones, nada de eso. Es solo que el artículo dice y el artículo dice y el artículo dice... y según eso... en fin, no hay nada que discutir. Las normas son las normas.

Rumbo a



Pintura de Stanley Donwood

La ciudad se acerca poco a poco. Paso a paso camina sobre su propio tiempo. El barrio de Chelsea aún poblado por pescadores recibe a Tomás Moro, rodeado de aristócratas, su majestuosa casa se alza frente al Támesis. Tres siglos más tarde en la misma calle, Cheyne Row, Ian Fleming, primo de Christopher Lee, escribe su novela “Casino Royale”. El escritor inglés aficionado observador de aves decide poner el nombre de un famoso ornitólogo al protagonista de su novela, nace así un segundo “James Bond”.
En 1884, en Paddington, Oscar Wilde se casa con Constante Lloyd, hija de un consejero de la reina. Y es allí donde le alcanza el escándalo, su doble vida con Bosie, inspirador de sus obras, es descubierta y le lleva a prisión. En el 24 de Russell Square, en Bloomsbury, el poeta T. S. Eliot trabaja para los publicistas Faber&Faber. Allí una mujer enloquecida llamada Vivienne, primera esposa del poeta, lleva en las manos un cartel en el que puede leerse “Soy la mujer a la que él abandonó”. Y el viento levanta los versos de su poema “El emperador de los helados”: “Llamad al que hace los grandes cigarros, A ese musculoso y decidle que bata en tazones de cocina cremas concupiscentes. Que las muchachas se recreen con las ropas que acostumbran a usar Y que los chicos traigan flores en diarios del mes pasado. Que ser sea el final de parecer. El único emperador es el emperador de los helados. Tomad del aparador de pino al que faltan las tres perillas de vidrio, Esa sábana en la que ella una vez bordó palomas con cola de abanico. Y extendedla de modo que su cara quede cubierta. Si sus pies callosos sobresalen, Aparecen para mostrar cuán fría está, y callada, Que la lámpara ponga su rayo. El único emperador es el emperador de los helados.” En el barrio de Bloomsbury, en el 46 de Gordon Square Virginia Woolf deja atrás su segunda gran crisis nerviosa. Nace el famoso círculo intelectual de Bloomsbury. Escritores, pintores, economistas, filósofos…poetas. Y aquellas calles presencian la historia de amor de Virginia y Vita Sackville-West , jardinera y escritora, a la que Virginia dedica la más larga carta de amor jamás escrita en la historia de la literatura, “Orlando”. El corazón de la escritora al igual que Londres también sufrió dos pesadillas infernales, la tercera y segunda para la ciudad “el Blitz”, termina con ella. En marzo de 1941, tras la destrucción de su casa de Bloomsbury por los bombardeos, Virginia entra en una depresión. Decide ir a dormir a las aguas del río Ouse, que la reciben y la hospedan hasta el 18 de abril. Un largo mes en el que su cuerpo sin vida nada contracorriente. El fuego la convierte, más tarde, en las cenizas que abonan un árbol en Rodmell, Sussex. Tennyson, Dylan Thomas, Henry James, George Eliot, Wordsworth, Jane Austen, Las hermanas Brontë, Dickens (contra su voluntad), Kipling, Chaucer, Livingstone, Newton, Milton, Handel, Sir Laurence Olivier, todos ellos esperan en la Abadía de Westminster, en la “poets Corner”, el claustro de los poetas. Me siento en la modesta silla de la coronación (1296), donde la mayoría de los monarcas ingleses han recibido la corona y donde durante varios siglos los anónimos se han sentado también. Es entonces cuando la historia de la ciudad se cuenta a sí misma. Como en una ensoñación retrocedo a la primera gran pesadilla infernal que Londres sufrió. Corre 1665 una epidemia de peste bubónica aniquila a una inmensa cantidad de gente, erradicada la enfermedad nadie espera una tragedia mayor. La madrugada del 2 de septiembre de 1666 la panadería del rey en Pudding Lane, en la casa de Thomas Farynor, aparece tranquila. Me acerco a los hornos, aún desprenden calor, están encendidos, las puertas están abiertas, el panadero del rey Carlos II de Inglaterra ha olvidado cerrarlas. La familia Farynor duerme en los pisos de arriba, junto a los sirvientes. Una brasa salta a medianoche sobre la leña que hay cerca del horno, la lengua de fuego comienza a lamer la madera y no tarda en crecer, convertida en una imparable llama gigante. El humo despierta a los durmientes. Pronto la voz de alarma se convierte en un grito de angustia. Los Farynor, junto a sus sirvientes, saltan por la ventana a la casa contigua para salvar la vida. Solo una joven sirvienta aterrorizada se queda inmóvil. Tiene miedo y no es capaz de dar un paso. El fuego se acerca a ella y la abraza, convirtiéndola en la primera víctima que se cobrará el gran incendio. Los vecinos han salido a la calle e intentan sofocar el incendio sin éxito. Una hora más tarde llegan los guardias de la parroquia y los bomberos, la única opción para evitar que se propague es demoler los edificios colindantes. Pero los ocupantes de las casas se niegan y el alcalde de la ciudad no se decide a tomar la decisión. La tormenta ígnea acaba rápidamente con las casas y se dirigen a los almacenes de papel y los depósitos inflamables en la orilla del río. La sensatez grita, una y otra vez, pidiendo crear un cortafuego mediante la demolición. El pánico se hace dueño de las calles y empuja a los habitantes de un lado a otro. Los rumores de que tal vez las manos extranjeras han iniciado el fuego rompen la paz. Los disturbios crecen en las calles calentados por el fuego. El viento sopla durante cuatro largos días, con sus cuatro largas noches. Todo esfuerzo resulta inútil. Las llamas y el humo obligan a la población a arrojarse a las aguas del Támesis como única salida. Cuando la pesadilla acaba se ha llevado nueve vidas, solo una tercera parte de Londres está en pie, el resto son cenizas. Más de cien mil personas se han quedado sin hogar. El Támesis con sus trescientos cuarenta kilómetros de agua es testigo húmedo de las dos grandes tragedias: “el gran incendio” y el “Blitz” El 7 de septiembre de 1940 Los apagones y el estruendo de las sirenas son el preludio del segundo drama. Trescientos veinte bombarderos de Luftwaffe, navegan desde el aire el río más importante de Inglaterra. El Támesis se estremece. La guerra relámpago alemana se cierne sobre Londres. Durante cincuenta y siete noches consecutivas y seis meses de forma intermitente, caen más de 27.000 bombas. El corazón de Londres se convierte en un amasijo de hierros y cráteres. Cierro los ojos asustada.



Pintura de Stanley Donwood.

www.slowydocunward.com

viernes, 3 de septiembre de 2010

Septiembre




Fotografia de HIROSHI SUGIMOTO


Me dices que es absurdo el universo,
que la vida carece de sentido.

Pero no es un sentido lo que busco,
cualquier explicación o una promesa,
sino el estar aquí y a la deriva:

una simple botella
que en la playa
aguarda la marea.
Sí, la palabra justa es abandono:

una dulce renuncia que me nombra señor
y dueño al fin de mi camino.

Queden hoy para otros los afanes del mundo,
y que mi mundo sea
la magia de esta casa tomada en su quietud por la penumbra,
saber que nadie llegará a interrumpir mi tarde,
que no habrá sobresaltos,

ni voces,
ni horas fijas,

porque ahora es tan sólo transcurrir
mi gran tarea.

"Septiembre, 22"

Poema del libro "La luz de otra manera" VICENTE GALLEGO.


Vicente Gallego, poeta y narrador español nacido en Valencia en 1963.

Dejó los estudios de letras para emprender los trabajos como portero o bailarín de discoteca. Fue podador de pinos, repartidor de paquetes y pesador de residuos tóxicos urbanos en el vertedero de Dos Aguas. Todos estos trabajos tan solo han sido el camino de subsistencia que le ha permitido poder retirarse al campo y poder vivir el silencio, la soledad y la poesía.

En 1987 obtuvo el premio Rey Juan Carlos I, por “La luz de otra manera”

En 1990, Premio a la creación Joven de la Fundación Loewe por “Los ojos del extraño”.

En 2001, Premio Fundación Loewe por “Santa Deriva”

Es autor del libro “El sueño verdadero”, 2003.


“Un nítido recuerdo del placer que hallé en ti, se dibuja en el aire contrariado de mi vivo deseo todavía” VICENTE GALLEGO



miércoles, 7 de julio de 2010

Penúltimas voluntades


Pintura de Joel Mestre


Mi vecina suspira encerrada en una triste jaula que nadie ve. Una celda de pastillas. Es un calabozo de construcción barroca, desde el que cree que verá por última vez el cielo. O así se lo hace creer a mi vecino, que es muy joven y viene de muy lejos.
Para acceder a mí vecina hay que seguir un itinerario secreto que está dentro de un palacio pakistaní.
Una vez allí hay que perseguir las ondas de sus suspiros, que como escribía Bécquer, son aire y van al aire. Y después hay que coger el bajel que se haya anclado en la orilla. Y esperar a que suba la marea de sus lágrimas, que como las del verso, son agua y van al mar.
El poeta acabaría con ella, como acabó el verso:
"Dime vecina, cuando el amor se olvida. ¿Sabes, tú adónde va?"